Saturday, March 28, 2009
Thursday, September 27, 2007
Wednesday, September 26, 2007
Monday, August 27, 2007
Friday, July 27, 2007
MAGIA CONTRA GLACIACIÓN.
Una aproximación al imaginario cibernético de Deborah Nofret.
Fernando Castro Flórez.
Flusser consideraba la telemática como una técnica que haría posible la utópica construcción de una sociedad basada en la realización de unos en otros, esto es, la supresión de la ideología de uno mismo en favor del diálogo con el otro o, mejor, de una realización intersubjetiva. Si en la sociedad de la información tan sólo se llega a una "agrupación" predominará el mal gusto y la brutalidad, "sin embargo, si la conexión consigue penetrar en los medios de comunicación de masas y traspasarlos; y si las islas conectadas, como los terminales informáticos, los circuitos de video o los hipertextos, pudieran desintegrar las agrupaciones, entonces la sociedad de la información utópica, en la que podemos realizarnos entre nosotros,irrumpiría a nivel técnico y, a partir de éste, también existencial, en el ámbito de lo posible". Frente a esta "esperanza" aparecen visiones extremadamente crítica con la cibercultura, que no sería otra cosa que un estadio mutante de la sociedad del espectáculo, empleando las mismas técnicas de neutralización de lo que se le opone, al mismo tiempo que produce una deriva fetichista: "Lo "virtual" de lo que tan a menudo se habla, no sólo es el resultado del triunfo de lo "espectacular" (falso verdadero o verdadero falso), sino del crecimiento de una palabra precaria, parásita, sobre todo deslegitimada, dispuesta a convertirse en retórica del conformismo, sierva de la opinión, cuyo cinismo carece incluso de la capacidad de persuasión que la sofística inventó para "curar"". La nuestra es una cultura domesticada o absorta con los dispositivos técnicos, sosteniendo un discurso de corte claramente naif, en el que cualquier perspectiva escéptica es segregada como meramente "anticuada".
Todavía es difícil caracterizar las nuevas formas del poder en la sociedad telemática, donde se trenza una red que está cambiando nuestro modelo de cultura, que algunos han denominado comunidad virtual. Estamos asistiendo al despliegue radical de una estrategia que tiende a homogeneizar y a imponer la banalidad, en una combinación sin fisuras de conformismo y "despolitización", siendo dominante la intervención de una narratividad televisiva que "hablando con propiedad, no va destinada a nadie en concreto y de que nadie ha pensado ni pretendido nunca conseguir semejante objetivo". Cada día se propaga más el culto al voyeurismo y la estética de la espontaneidad populista, esos retazos de vida, reducidos al ridículo, ansiosos de conseguir el placer del voyeurismo o, para ser más preciso, llegar a esa identidad del ser visto por todos, electrónicamente, a distancia, comprimido entre risas enlatadas, publicidad y gestos grotescos del presentador que sin camuflajes arroja a cada cual una importante ración de insultos. Deborah Nofret utiliza el instrumental cibernético para realizar una expansión de lo fotográfico y, sobre todo, para componer un inmenso fresco que corresponde al (fragmentario) retrato colectivo de una época posthistórica. En el fenómeno translocal de la virtualidad el tiempo ya no está constituido por acontecimientos sino por puras eventualidades, una temporalidad sintética que confunde el tiempo de la máquina con el del sujeto, que, en cierto sentido, llevaría al artista a reubicarse en la hibridación (entre lo real y lo virtual), actuando sobre la trama epistemológica finisecular. En ausencia de utopía, al seguir siendo las cosas contingentes y desiguales con sus propios conceptos, la crítica o el procedimiento alegórico adquiere el rango de deber.
En vez de hablar de clausura de la representación es preciso comprender que se ha impuesto un arte terminal. La estética de la desaparición característica de lo que Weibel llama la era de la ausencia, asume que estamos en transformación, navegando por nuevos terrenos, como el double digital, en la disolución del cuerpo o en sus mutaciones, como es manifiesto en los rigurosos planteamientos artísticos de Deborah Nofret, contemplando la dificultad para dotar al tiempo de plenitud. Acaba planteándose una encrucijada para el arte del fin de siglo: "no ya vanguardia o tradición. Sino compromiso, formal y temático, con una nueva sensibilidad temporal, con un uso creativo (y, en consecuencia, crítico) de las imágenes. O desaparición en la técnica, fundido en esa unidad técnico-comunicativa que constituyen los lenguajes hiperestetizados de la cultura de masas. En definitiva, estamos asistiendo al necesario nacimiento de una nueva moral de la actividad artística o a su disolución". Deborah Nofret, con una lucidez singular, revisa un género tradicional como el retrato, haciendo uso de la capacidad mutante propia del dispositivo digital, componiendo una singular alegoría sobre un tiempo de incomunicación. Sus rostros están tatuados con códigos de barras, mensajes de textos, teléfonos fantasmáticos, espejismos que tienen la forma de televisores. Ella se implica en esa imagen procesual desde una apelación a los rituales, en un raro sortilegio que podría interpretarse desde claves chamánicas. Y es, precisamente, esa mezcla de lo hipertecnológico y el ritual, recobrado desde la dimensión del (post)performance, la clave del proyecto estético de Nofret que se aparta tanto de la ortodoxia del glamour y la banalidad cuanto del ilusionismo exhibicionista tan característico del net-art.
Sabemos que mientras el arte tradicional se ha centrado en la apariencia de las cosas y en su representación, "las artes en soporte digital y publicitadas en la red, como recordaba Roy Ascott, tratan de los sistemas interactivos, de la transformación y el cambio, del observar y del devenir". En una sociedad tan competitiva como la nuestra el sujeto, aunque sea un cyborg o un mutante mediático, como parece proponer Deborah Nofret en cierta proximidad con planteamientos post-feministas, está empujado a la soledad y a la actitud de desconfianza permanente. Por otro lado se ha señalado que personas separadas entre sí por el espacio y por el tiempo se descubren capaces, gracias a herramientas como Internet, de decir "lo que a menudo no pueden decir cara a cara". Pero no basta con la complicidad del anonimato para dar respuesta a los interrogantes anteriormente planteados, necesitamos superar el poder cínico de ese "liberalismo tecnológico" que no es capaz de percibir el lado siniestro de las utopías que pone en circulación. La poética de bricolage de Deborah Nofret sensualiza la fría superficie de lo cibernético, traza alegorías políticas, por ejemplo en su serie Yo soy la mujer afgana (2001), entra en el vértigo de las identidades y, al final, ofrece un caleidoscopio hipnótico, en el que aparecen la voluntad de comunicar, el ojo cerrado y el labio que espera el cumplimiento del deseo que siempre remite al otro. Sus intensos retratos fractalizados imponen la geometría (inestable) de la pasión en un momento en el que la Gran Demolición impone, sucesivamente, el miedo y la venganza irracional. Deborah Nofret, maga cibernética, despliega un imaginario seductor, impar, memorable, esto es, una línea de resistencia contra la glaciación.
Publicado en la Revista,ARTE CUBANO 1/2004
Consejo Nacional de Las Artes Plásticas
Fernando Castro Flórez.
Flusser consideraba la telemática como una técnica que haría posible la utópica construcción de una sociedad basada en la realización de unos en otros, esto es, la supresión de la ideología de uno mismo en favor del diálogo con el otro o, mejor, de una realización intersubjetiva. Si en la sociedad de la información tan sólo se llega a una "agrupación" predominará el mal gusto y la brutalidad, "sin embargo, si la conexión consigue penetrar en los medios de comunicación de masas y traspasarlos; y si las islas conectadas, como los terminales informáticos, los circuitos de video o los hipertextos, pudieran desintegrar las agrupaciones, entonces la sociedad de la información utópica, en la que podemos realizarnos entre nosotros,irrumpiría a nivel técnico y, a partir de éste, también existencial, en el ámbito de lo posible". Frente a esta "esperanza" aparecen visiones extremadamente crítica con la cibercultura, que no sería otra cosa que un estadio mutante de la sociedad del espectáculo, empleando las mismas técnicas de neutralización de lo que se le opone, al mismo tiempo que produce una deriva fetichista: "Lo "virtual" de lo que tan a menudo se habla, no sólo es el resultado del triunfo de lo "espectacular" (falso verdadero o verdadero falso), sino del crecimiento de una palabra precaria, parásita, sobre todo deslegitimada, dispuesta a convertirse en retórica del conformismo, sierva de la opinión, cuyo cinismo carece incluso de la capacidad de persuasión que la sofística inventó para "curar"". La nuestra es una cultura domesticada o absorta con los dispositivos técnicos, sosteniendo un discurso de corte claramente naif, en el que cualquier perspectiva escéptica es segregada como meramente "anticuada".
Todavía es difícil caracterizar las nuevas formas del poder en la sociedad telemática, donde se trenza una red que está cambiando nuestro modelo de cultura, que algunos han denominado comunidad virtual. Estamos asistiendo al despliegue radical de una estrategia que tiende a homogeneizar y a imponer la banalidad, en una combinación sin fisuras de conformismo y "despolitización", siendo dominante la intervención de una narratividad televisiva que "hablando con propiedad, no va destinada a nadie en concreto y de que nadie ha pensado ni pretendido nunca conseguir semejante objetivo". Cada día se propaga más el culto al voyeurismo y la estética de la espontaneidad populista, esos retazos de vida, reducidos al ridículo, ansiosos de conseguir el placer del voyeurismo o, para ser más preciso, llegar a esa identidad del ser visto por todos, electrónicamente, a distancia, comprimido entre risas enlatadas, publicidad y gestos grotescos del presentador que sin camuflajes arroja a cada cual una importante ración de insultos. Deborah Nofret utiliza el instrumental cibernético para realizar una expansión de lo fotográfico y, sobre todo, para componer un inmenso fresco que corresponde al (fragmentario) retrato colectivo de una época posthistórica. En el fenómeno translocal de la virtualidad el tiempo ya no está constituido por acontecimientos sino por puras eventualidades, una temporalidad sintética que confunde el tiempo de la máquina con el del sujeto, que, en cierto sentido, llevaría al artista a reubicarse en la hibridación (entre lo real y lo virtual), actuando sobre la trama epistemológica finisecular. En ausencia de utopía, al seguir siendo las cosas contingentes y desiguales con sus propios conceptos, la crítica o el procedimiento alegórico adquiere el rango de deber.
En vez de hablar de clausura de la representación es preciso comprender que se ha impuesto un arte terminal. La estética de la desaparición característica de lo que Weibel llama la era de la ausencia, asume que estamos en transformación, navegando por nuevos terrenos, como el double digital, en la disolución del cuerpo o en sus mutaciones, como es manifiesto en los rigurosos planteamientos artísticos de Deborah Nofret, contemplando la dificultad para dotar al tiempo de plenitud. Acaba planteándose una encrucijada para el arte del fin de siglo: "no ya vanguardia o tradición. Sino compromiso, formal y temático, con una nueva sensibilidad temporal, con un uso creativo (y, en consecuencia, crítico) de las imágenes. O desaparición en la técnica, fundido en esa unidad técnico-comunicativa que constituyen los lenguajes hiperestetizados de la cultura de masas. En definitiva, estamos asistiendo al necesario nacimiento de una nueva moral de la actividad artística o a su disolución". Deborah Nofret, con una lucidez singular, revisa un género tradicional como el retrato, haciendo uso de la capacidad mutante propia del dispositivo digital, componiendo una singular alegoría sobre un tiempo de incomunicación. Sus rostros están tatuados con códigos de barras, mensajes de textos, teléfonos fantasmáticos, espejismos que tienen la forma de televisores. Ella se implica en esa imagen procesual desde una apelación a los rituales, en un raro sortilegio que podría interpretarse desde claves chamánicas. Y es, precisamente, esa mezcla de lo hipertecnológico y el ritual, recobrado desde la dimensión del (post)performance, la clave del proyecto estético de Nofret que se aparta tanto de la ortodoxia del glamour y la banalidad cuanto del ilusionismo exhibicionista tan característico del net-art.
Sabemos que mientras el arte tradicional se ha centrado en la apariencia de las cosas y en su representación, "las artes en soporte digital y publicitadas en la red, como recordaba Roy Ascott, tratan de los sistemas interactivos, de la transformación y el cambio, del observar y del devenir". En una sociedad tan competitiva como la nuestra el sujeto, aunque sea un cyborg o un mutante mediático, como parece proponer Deborah Nofret en cierta proximidad con planteamientos post-feministas, está empujado a la soledad y a la actitud de desconfianza permanente. Por otro lado se ha señalado que personas separadas entre sí por el espacio y por el tiempo se descubren capaces, gracias a herramientas como Internet, de decir "lo que a menudo no pueden decir cara a cara". Pero no basta con la complicidad del anonimato para dar respuesta a los interrogantes anteriormente planteados, necesitamos superar el poder cínico de ese "liberalismo tecnológico" que no es capaz de percibir el lado siniestro de las utopías que pone en circulación. La poética de bricolage de Deborah Nofret sensualiza la fría superficie de lo cibernético, traza alegorías políticas, por ejemplo en su serie Yo soy la mujer afgana (2001), entra en el vértigo de las identidades y, al final, ofrece un caleidoscopio hipnótico, en el que aparecen la voluntad de comunicar, el ojo cerrado y el labio que espera el cumplimiento del deseo que siempre remite al otro. Sus intensos retratos fractalizados imponen la geometría (inestable) de la pasión en un momento en el que la Gran Demolición impone, sucesivamente, el miedo y la venganza irracional. Deborah Nofret, maga cibernética, despliega un imaginario seductor, impar, memorable, esto es, una línea de resistencia contra la glaciación.
Publicado en la Revista,ARTE CUBANO 1/2004
Consejo Nacional de Las Artes Plásticas
DEBORAH COMO INTERFACE
Artistas y críticos de distintos continentes se reunieron en ocasión de la 7ª. Bienal de La Habana para reflexionar sobre el tema de la comunicación. Numerosas obras postularon diversas aproximaciones al problema de las cercanías y las distancias de un nosotros colectivo, y lo que me pareció más interesante el de un nosotros individual, el de uno consigo mismo. Se trata de un tema que presupone siempre un espacio mediador entre un emisor y un receptor, y la trayectoria de un mensaje desde un aquí y un allá. Esos espacios y esas trayectorias parecen estar ocupadas ―cada vez más― por los medios y las nuevas tecnologías.
La obra de Deborah Nofret, participante en una de las exposiciones colaterales más importantes de la Bienal situada en el edificio de la Casa de la Cultura de Plaza, no era ajena al problema planteado. Allí desplegó sus 140 piezas integradas en un mural de 18 metros cuadrados, todas realizadas con impresiones en láser. Impactaban al espectador las múltiples evocaciones de realidades mezcladas por el sabio efecto de la manipulación. Con esta pieza cerraba un ciclo expositivo de presentaciones habaneras ―muy fructífero― durante el año 2000 con sus muestras individuales: Ciberpinturas y Ciberidentidades y su participación en el Segundo Salón de Arte Digital del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.
Sin embargo, aunque Deborah había mantenido un rasgo común en todas sus obras con el uso de los medios computarizados como instrumentos esenciales en el proceso de creación, el mural presentado en ocasión de la Bienal introducía novedades importantes en relación con piezas anteriores vistas en el circuito habanero. En aquellas la fotografía había sido un soporte fundamental para establecer el diálogo interactivo con la realidad y los medios técnicos automatizados. Por otra parte, el uso de su cuerpo como referente fotográfico le suministraba a las piezas además de un dato de auto- referencialidad , otras posibles implicaciones genéricas.
En su mural titulado "Preferencias prestadas", empleaba otras modalidades del arte digital en las cuales la propia artista actuaba como interface de un sistema de conexiones múltiples, empleado como método de interacción y comunicación a escala del ciberespacio virtual de los sistemas automatizados. En cada pieza, y entre todas ellas, se estructuraban realidades-aparenciales con códigos de alta sensorialidad visual.
Una experiencia plástica de este tipo se introducía de manera orgánica en las preocupaciones temáticas de La Bienal con una propuesta basada en el uso de recursos no tradicionales. El montaje que estructura las composiciones provocaba sueños de futuridad por la mutabilidad de lo real y los efectos combinatorios superpuestos cargados de un profundo simbolismo. El título despeja todas las incógnitas. El préstamo estaba en la base de las preferencias: el llevar de un lugar a otro, el traslado inusitado. Pensado in extenso, susceptibles transferencia de versiones gráficas e icónicas procedentes de diferentes sitios visitados a través de Internet. La autora, como huésped informático en la telaraña de esas múltiples conexiones, se apropia y restituye fragmentos de archivos en el intenso tráfico de las redes globales de información para componer e integrar un discurso de infinitas sugerencias comunicativas.
El uso de programas gráficos y los comandos del teclado hacen posible todo ese despliegue de posibilidades visuales en las que vibra una suerte de pulcritud electrónica con un uso muy enigmático de la luz y el color. La capacidad inusitada de la gama de tonalidades, brillos y texturas se combinan en una libertad que estimula profundamente los sentidos. El relato visual de las 140 piezas incluida en este mural "Preferencias prestadas", introduce un elemento de sumo interés en el carácter "pictórico" de las superficies que hacían a los espectadores detenerse en busca de satisfacer inquietudes o encontrar respuestas a sus propias indagaciones.
Se trata de un arte al que no se puede ser indiferente. Que impone con su nueva visualidad, un observador avisado. Que distancia la obra de los procedimientos aceptados por el tiempo y la tradición, para abrirse hacia las dimensiones de lo inusitado en la empresa infinita que significa el mundo de la ínter navegación. Es sin duda una alternativa y una posibilidad. En esta obra Deborah actúa como una interface para explorar el ámbito de las interconexiones. Logra en ese sentido enlaces semánticos de gran interés. Se diría que imágenes híbridas donde se atraen y se repelen las similitudes y las diferencias. Ese es quizás el aporte mayor de esta experiencia de navegación Web que no está exenta de posibles naufragios.
Con originalidad y dominio técnico la artista sortea los peligros de esta aventura. En esta fecha, creíamos los más imaginativos que los platillos voladores sustituirían los automóviles y que el espacio sideral habría sido ya conquistado y el turismo instaurado para viajar a Júpiter o a Marte. Al inicio de un nuevo milenio vale contentarse con el espacio cibernético, lugar imaginario en el que coexisten los hombres y las computadoras. El arte no escapa a esa metáfora de fantasía. Es precisamente de esa comunidad electrónica de la que se sirve Deborah para imprimirle a lo que hace un sello de contemporaneidad. Pero su obra es más que eso, porque la artista usa sus herramientas en función del desafío y transita por esas nuevas avenidas buscando la comunicación necesaria entre lo individual y lo colectivo, entre los hombres y las culturas .
Yolanda Wood. Enero 2001.
La obra de Deborah Nofret, participante en una de las exposiciones colaterales más importantes de la Bienal situada en el edificio de la Casa de la Cultura de Plaza, no era ajena al problema planteado. Allí desplegó sus 140 piezas integradas en un mural de 18 metros cuadrados, todas realizadas con impresiones en láser. Impactaban al espectador las múltiples evocaciones de realidades mezcladas por el sabio efecto de la manipulación. Con esta pieza cerraba un ciclo expositivo de presentaciones habaneras ―muy fructífero― durante el año 2000 con sus muestras individuales: Ciberpinturas y Ciberidentidades y su participación en el Segundo Salón de Arte Digital del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.
Sin embargo, aunque Deborah había mantenido un rasgo común en todas sus obras con el uso de los medios computarizados como instrumentos esenciales en el proceso de creación, el mural presentado en ocasión de la Bienal introducía novedades importantes en relación con piezas anteriores vistas en el circuito habanero. En aquellas la fotografía había sido un soporte fundamental para establecer el diálogo interactivo con la realidad y los medios técnicos automatizados. Por otra parte, el uso de su cuerpo como referente fotográfico le suministraba a las piezas además de un dato de auto- referencialidad , otras posibles implicaciones genéricas.
En su mural titulado "Preferencias prestadas", empleaba otras modalidades del arte digital en las cuales la propia artista actuaba como interface de un sistema de conexiones múltiples, empleado como método de interacción y comunicación a escala del ciberespacio virtual de los sistemas automatizados. En cada pieza, y entre todas ellas, se estructuraban realidades-aparenciales con códigos de alta sensorialidad visual.
Una experiencia plástica de este tipo se introducía de manera orgánica en las preocupaciones temáticas de La Bienal con una propuesta basada en el uso de recursos no tradicionales. El montaje que estructura las composiciones provocaba sueños de futuridad por la mutabilidad de lo real y los efectos combinatorios superpuestos cargados de un profundo simbolismo. El título despeja todas las incógnitas. El préstamo estaba en la base de las preferencias: el llevar de un lugar a otro, el traslado inusitado. Pensado in extenso, susceptibles transferencia de versiones gráficas e icónicas procedentes de diferentes sitios visitados a través de Internet. La autora, como huésped informático en la telaraña de esas múltiples conexiones, se apropia y restituye fragmentos de archivos en el intenso tráfico de las redes globales de información para componer e integrar un discurso de infinitas sugerencias comunicativas.
El uso de programas gráficos y los comandos del teclado hacen posible todo ese despliegue de posibilidades visuales en las que vibra una suerte de pulcritud electrónica con un uso muy enigmático de la luz y el color. La capacidad inusitada de la gama de tonalidades, brillos y texturas se combinan en una libertad que estimula profundamente los sentidos. El relato visual de las 140 piezas incluida en este mural "Preferencias prestadas", introduce un elemento de sumo interés en el carácter "pictórico" de las superficies que hacían a los espectadores detenerse en busca de satisfacer inquietudes o encontrar respuestas a sus propias indagaciones.
Se trata de un arte al que no se puede ser indiferente. Que impone con su nueva visualidad, un observador avisado. Que distancia la obra de los procedimientos aceptados por el tiempo y la tradición, para abrirse hacia las dimensiones de lo inusitado en la empresa infinita que significa el mundo de la ínter navegación. Es sin duda una alternativa y una posibilidad. En esta obra Deborah actúa como una interface para explorar el ámbito de las interconexiones. Logra en ese sentido enlaces semánticos de gran interés. Se diría que imágenes híbridas donde se atraen y se repelen las similitudes y las diferencias. Ese es quizás el aporte mayor de esta experiencia de navegación Web que no está exenta de posibles naufragios.
Con originalidad y dominio técnico la artista sortea los peligros de esta aventura. En esta fecha, creíamos los más imaginativos que los platillos voladores sustituirían los automóviles y que el espacio sideral habría sido ya conquistado y el turismo instaurado para viajar a Júpiter o a Marte. Al inicio de un nuevo milenio vale contentarse con el espacio cibernético, lugar imaginario en el que coexisten los hombres y las computadoras. El arte no escapa a esa metáfora de fantasía. Es precisamente de esa comunidad electrónica de la que se sirve Deborah para imprimirle a lo que hace un sello de contemporaneidad. Pero su obra es más que eso, porque la artista usa sus herramientas en función del desafío y transita por esas nuevas avenidas buscando la comunicación necesaria entre lo individual y lo colectivo, entre los hombres y las culturas .
Yolanda Wood. Enero 2001.
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